Reseña conjunta: “La tempestad” (Juan Manuel de Prada, 1997) y “La Muerte en Venecia” (Thomas Mann, 1912)


[Chiara a Alejandro:] Algún día dejaremos de ser una ciudad para ser un gran cementerio submarino, con palacios como mausoleos y grandes plazas para que paseen los muertos, pero nuestro deber es permanecer aquí hasta que sobrevenga el cataclismo.

[Reflexiones de Alejandro Ballesteros:] Algo parecido me había sucedido a mí: había seguido escrupulosamente los métodos de la investigación académica para dilucidar el asunto de “La tempestad”, me había esforzado por hacer coincidir sus contornos, empleando cinco años en la composición de una urdimbre irreprochable según los principios de la lógica, pero dos días en Venecia me habían enseñado que la inteligencia no sirve para el arte, porque el arte es una religión del sentimiento. Dos días en Venecia habían refutado cinco años de trabajo, habían pisoteado mis convicciones teóricas y me habían arrojado a un páramo de desorientación.

“La tempestad, ese cuadro que yo había diseccionado y recompuesto con paciencia numismática, no era sólo un objeto de disfrute estético, o la palestra donde los especialistas dirimían sus desavenencias: también era el objeto de la devoción o el trastorno de quienes se creían sus propietarios morales o, por el contrario, se sentían expropiados de él, y eso los sublevaba; también era el campo de batalla donde esos hombres y mujeres dirimían sus conflictos, el escenario donde se explicaban sus quimeras y anhelos y frustraciones.

Venecia me había enseñado que las infamias se reproducen como el cáncer (basta la sugerencia de una frase y el abono de una saliva que lubrique o halague nuestros oídos); también me había enseñado que la verdad es siempre parcial y refutable, puesto que depende de la perspectiva de quien la formula, una verdad particular puede falsear los hechos o no entenderlos o desvirtuarlos en su beneficio.

LA TEMPESTAD. Juan Manuel de Prada, 1997

Saludó al mar con los ojos, y su corazón se llenó de alegría al contemplarse tan cerca de Venecia.
[Reflexión de Gustav von Aschenbach:] Los sentimientos y observaciones del hombre solitario son al mismo tiempo más confusos y más intensos que los de la gente sociable; sus pensamientos son más graves, más extraños y siempre tienen un matiz de tristeza. Imágenes y sensaciones que se esfumarían fácilmente con una mirada, con una risa, un cambio de opiniones, se aferran fuertemente en el ánimo del solitario, se ahondan en el silencio y se convierten en acontecimientos, aventuras, sentimientos importantes. La soledad engendra lo original, lo atrevido, y lo extraordinariamente bello: la poesía. Pero engendra también lo desagradable, lo inoportuno, lo absurdo e inadecuado.

MUERTE EN VENECIA. Thomas Manns , 1912

Thomas Mann y Juan Manuel de Prada, separados por un lapso de 85 años, quedaron prendados de la poliédrica y mayestática belleza de la Ciudad Flotante. Unidos entre sí por una inconsciente “afinidad espiritual”, ambos autores escogieron Venecia como el escenario de dos de sus mejores novelas (aquellas que los catapultaron a la fama y les proporcionaron el debido reconocimiento por parte de sus contemporáneos): Muerte en Venecia (1912) y La Tempestad (1997), respectivamente.

De hecho, esta singular y, hasta cierto punto, sorprendente coincidencia entre las dos obras es lo que nos ha empujado a realizar un análisis comparado de sus personajes y tramas.

Si tuviésemos que comenzar a exponer todas y cada una de las semejanzas entre ambos relatos, indudablemente, comenzaríamos resaltando la “conexión” entre sus dos protagonistas: el veterano escritor Gustav von Aschenbach y el joven investigador Alejandro Ballesteros.

Después de haber desembarcado, en el caso del primero, o aterrizado, en la Ciudad de los Canales, en el del segundo, ambos buscaban relanzar o darles un impulso definitivo a sus respectivas carreras profesionales (una estancada después de conocer el éxito y la otra en pleno apogeo).

Antes de su llegada, tanto el teutón como el español, activos cultivadores de diferentes campos del Saber (la Literatura y la Ciencia Histórica), “adolecían”, si queremos verlo así, de un cierto “rigorismo” (moral e intelectual), el cual venía dado por su visión excesivamente conceptual e “idealista” (en el sentido más literal del término) de la realidad circundante y, por supuesto, de la persona humana.

Empero, la cautivadora y aprisionante atmósfera veneciana (caricaturizada por Mann y “celebrada” por De Prada) dio al traste con su “estrechez de miras” y, progresivamente, les hizo ser más conscientes de quiénes habían sido y eran ellos mismos.

Paralelamente, a este descenso al interior de sus conciencias, se unió el inesperado encuentro con el amor.

En nuestra modesta opinión, los antagonistas y, en consecuencia, el necesariocontrapunto a los, en principio, soberbios y embebidos “héroes”, son sus objetos” (¿o “sujetos”?) de deseo: el bello efebo Tadzio y la críptica Chiara.

En ellos, nuestros protagonistasvierten todos sus anhelos, deseos, y frustraciones, transformándolos en obras de arte vivientes (a partir de sus propios patrones y cánones), al tiempo que los convierten en dueños de sus propios destinos. De esta guisa, el imberbe muchacho polaco devendría en una suerte de Antínoo, mientras que la hija de Gilberto Gobetti ocuparía el lugar de la mujer que, en La tempestad de Giorgione (1508), amamantaba a su pequeño en medio de la tormenta que se había desatado.

Por último, el paso por Venecia, como ya nos hemos aventurado a decir, deja una huella indeleble en el alma de los personajes principales, cuyos finales, ahora sí, difieren enormemente. Mientras que von Aschenbach muere en soledad y agonía, presa del cólera y habiéndose negado a abandonar la metrópoli adriática, Ballesteros regresa a la “rutina” universitaria, retomando sus antiguos quehaceres y huyendo hacia adelante.

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